
UNIANDES EPISTEME: Revista de Ciencia, Tecnología e Innovación. ISSN 1390-9150
Díaz Muñoz. G. A., Valdes Alarcón, M. E., Quintana Lombeida, M.D.
Vol. 5, Núm. 2, pp. 133-148, abril-junio 2018.
Recibido: 16/04/2018. Aceptado: 18/05/2018
Universidad Regional Autónoma de los Andes UNIANDES
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superiores a sus competidores en el resto del mundo. Toda vez que las
organizaciones puedan aumentar la calidad de sus productos o servicios, será factible
introducirlos al mercado con precios más convenientes que los ofrecidos por la
competencia y, de esta forma, alcanzar la competitividad. Para llegar a esto, es
importante manejar un sistema de gestión de la calidad en todo el proceso a fin de
evitar el despilfarro y desperdicio innecesario de tiempo y recursos. Durante muchos
años, se consideró que había una relación inversamente proporcional entre calidad y
productividad argumentando que al fabricar productos de calidad los controles durante
el proceso demandaban más tiempo, personal de supervisión y esto implicaba que la
productividad de la organización disminuía. Años más tarde, Edward Deming,
catalogado por muchos como el padre de la calidad, fue el pionero en afirmar que la
productividad de las empresas aumentaba siempre que estas incorporen un sistema
de control de calidad y mejora continua a sus procesos productivos.
Cortés (2017), en su libro “Sistemas de Gestión de Calidad (ISO 9001:2015)”, sostiene
que la calidad no proviene de la inspección de los productos y servicios sino de la
mejora de los procesos. Si los procesos mejoran, y se eliminan las causas que
provocan los errores en los productos y servicios, no hará falta inspección. Este criterio
revolucionó el mundo empresarial y la gestión de la cúpula organizacional, haciendo
especial énfasis en incrementar la calidad de sus productos al tiempo que se reducen
los costes de producción y el desperdicio al mínimo posible, eliminando de esta
manera fallos y reprocesos.
Las empresas competitivas se caracterizan siempre por mantener su posición de
liderazgo frente a otras que deseen apoderarse de ese privilegio. Por tanto, para los
directivos organizacionales, como parte de una gestión eficiente, está contemplar el
desarrollo e implementación de una estrategia que permita la expansión de la
organización hacia nuevos mercados, sin descuidar el crecimiento de sus
colaboradores en al ámbito personal y profesional; producto de ello, mantenerse a la
vanguardia sin poner en riesgo su liderazgo y posicionamiento en el mercado.
La gestión del conocimiento y el desarrollo organizacional
Jerry Porras y Peter Robertson (1992) afirman que el desarrollo organizacional (DO)
comprende una serie de teorías, valores, estrategias y técnicas basadas en las
ciencias de la conducta orientadas al cambio planificado del escenario de trabajo de
una organización con el propósito de incrementar el desarrollo individual y mejorar el
desempeño de la organización. Por otro lado, Warren Burke (1994) sostiene que el DO
es un proceso de cambio planificado en la cultura de una organización mediante la
utilización de las tecnologías, las ciencias de la conducta, la investigación y la teoría.
El desarrollo organizacional es un elemento tan significativo como la gestión del
conocimiento, empresarialmente hablando; pues resulta de gran valía gestionarlo tanto
a nivel interno como externo. A nivel interno, mejora la capacidad de aprendizaje de
los empleados, las relaciones interpersonales y promueve la fluidez comunicacional
entre los diferentes departamentos; mientras que a nivel externo se pueden lograr
relaciones redituables con diferentes actores de la cadena productiva como
proveedores, entidades crediticias, grupos políticos, medios de comunicación, etc.