ARTÍCULO DE REFLEXIÓN

 

 

La reconfiguración de los límites en la literatura carchense

 

The Reconfiguration of Boundaries in Carchi Literature         

                                                

 

DOI:  https://doi.org/10.61154/metanoia.v12i2.4496

 

 

Édison Duván Ávalos Flórez1

 

 1E-mail: edison.avalos@upec.edu.ec Afiliación: Universidad Politécnica Estatal del Carchi (UPEC).  ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9534-1347

 

 

 

 

 

 

Recibido: 04/03/2026                   Revisado: 13/06/2026

Aprobado: 13/07/2026                   Publicado: 01/09/2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RESUMEN

Este artículo analiza un corpus representativo de la literatura producida en la provincia ecuatoriana de Carchi, ubicada en la zona fronteriza con Colombia. La metodología aplicada consistió en analizar los textos seleccionados para encontrar las estrategias discursivas que compartían, a partir de un enfoque cultural. Entre los resultados obtenidos se encuentra que los textos proponen una reconfiguración de los límites geopolíticos e identitarios impuestos por la modernidad colonial, y que generan activamente territorios simbólicos fronterizos a partir de una ética del contagio, transformando los límites en espacios permeables de encuentro y reciprocidad. La conclusión a la que se llegó es que esta producción literaria regional y fronteriza constituye un proyecto descolonizador consciente, que desde la periferia propone un modelo de comunidad basado en la apertura hacia el otro y la valorización del mestizaje, desafiando las lógicas excluyentes del canon literario y la identidad nacional homogeneizadora que impone la nación.

Descriptores: Literatura fronteriza; Estudios decoloniales; Análisis discursivo; Carchi (Ecuador)

 

ABSTRACT

This article examines a representative selection of literature produced in the Ecuadorian province of Carchi, which shares a border with Colombia. The methodology employed involves analyzing these texts through a cultural lens to uncover common discursive strategies. The findings indicate that the texts advocate for a reconfiguration of the geopolitical and identity boundaries established by colonial modernity. They actively construct symbolic border territories rooted in an "ethics of contagion," thereby transforming boundaries into open spaces for interaction and mutual exchange. The study concludes that this literary output from a border region represents a deliberate decolonial endeavor. Emerging from the periphery, it proposes a model of community that emphasizes openness to the "Other" and celebrates “mestizaje” (cultural mixing), thereby challenging the exclusionary tendencies of the literary canon and the homogenizing national identity imposed by the nation-state.

Descriptors: Border literature; Decolonial studies; Discourse analysis; Carchi (Ecuador)

 

 

 

INTRODUCCIÓN

La provincia de Carchi, situada en el extremo norte de Ecuador, constituye un espacio geopolítico y cultural definido por su condición fronteriza con Colombia. Su ubicación periférica dentro del mapa nacional la sitúa en un margen que, más allá de ser un simple límite administrativo, es un territorio de cruce, intercambio, negociación y constante redefinición identitaria. Los flujos comerciales, humanos y simbólicos caracterizan la dinámica de la vida fronteriza. Sus habitantes, históricamente, han configurado una sensibilidad particular y una memoria social mediante las cuales negocian permanentemente su ethos en un intersticio entre lo ecuatoriano y lo colombiano. Este contexto de tránsito y apertura ha marcado de manera decisiva la producción artística y literaria de la región, orientándola hacia la exploración de los límites, las hibridaciones y la reconfiguración de las identidades fijas impuestas por los discursos nacionales centralistas.

Los estudios críticos sobre la literatura carchense son escasos y fragmentarios, a pesar de la riqueza de su producción literaria. Su narrativa y poesía han permanecido en gran medida al margen de los circuitos canónicos de la literatura ecuatoriana. Autores como el novelista Aleandro R. Mera, el cuentista Félix Yépez Pazos y el poeta Luis Enrique Fierro, que cuentan con obras sólidas y potentes, son reconocidos principalmente a nivel local, pero su obra no ha sido suficientemente analizada en el ámbito académico nacional. Cepeda (2016), en su estudio sobre identidades y literaturas regionales, señala que existe una tendencia a homogeneizar la producción cultural del país, obviando las particularidades de las zonas fronterizas. En una línea similar, un análisis de la poética carchense realizado por Montalvo (1996), advierte que la crítica literaria ha prestado poca atención a las voces que desde esta periferia narran la complejidad de habitar un límite.

Este vacío de conocimiento, que ha implicado un desprecio hacia un corpus enriquecido, es una omisión bibliográfica síntoma de la colonialidad que aún opera en la configuración de los cánones literarios. Por esta razón, valorar y estudiar estas literaturas regionales y fronterizas se convierte en un acto decolonial que busca subvertir las jerarquías culturales y visibilizar sistemas de conocimiento alternativos. De ahí que Mignolo (2000) argumente que la desobediencia epistémica requiere voltear la mirada hacia los márgenes, donde se gestan formas de pensamiento y creación que desafían los modelos centralistas y homogeneizadores. En este sentido, indagar la literatura carchense, más allá de ser un aporte a la historia literaria ecuatoriana, es, ante todo, un gesto político e intelectual que reconoce la potencia creativa de las periferias para imaginar identidades más fluidas y dialógicas.

Este artículo, a partir de un corpus cuyo recorte apenas ha alcanzado a abordar unas pocas obras de la literatura carchense, tiene como objetivo principal analizar las estrategias discursivas y poéticas mediante las cuales la literatura carchense contemporánea desdibuja, reconfigura y trasciende los límites identitarios, ontológicos y geopolíticos impuestos por la modernidad colonial, generando nuevos territorios simbólicos fronterizos a partir de una ética del contagio que transforma los límites en espacios permeables de encuentro y reciprocidad.  El artículo, además, examina cómo los textos literarios de la región construyen intersticios, fusiones simbólicas y territorios fronterizos que generan una complementariedad sobre conceptos que usualmente son concebidos como opuestos, por ejemplo, la vida y la muerte, lo masculino y lo femenino, lo propio y lo ajeno. Se trata, en última instancia, de un modo de producción artística que está estrechamente vinculado a la experiencia social de habitar una frontera nacional. La hipótesis que se sostiene en este artículo es que la literatura carchense, lejos de ser una expresión marginal o provinciana, constituye un proyecto estético y ético consciente de la necesidad de reconceptualizar la comunidad a partir de la apertura del ser, mediante el contagio cultural y la reciprocidad. La literatura carchense desafía así las lógicas excluyentes de la modernidad y la colonialidad.

DESARROLLO

La literatura producida en contextos fronterizos ha sido objeto de creciente atención crítica en las últimas décadas, particularmente desde enfoques que problematizan las nociones estables de identidad y territorio. Los estudios sobre narrativas del límite coinciden en señalar que estas expresiones culturales no solo reflejan una condición geográfica particular, sino que constituyen dispositivos activos de producción de sentido y negociación identitaria. Bruner (2002) sostiene que los relatos no son inocentes: modelan la realidad al mismo tiempo que son moldeados por ella, y cumplen una función fundamental en la creación de comunidades imaginadas.

Esta capacidad performativa de la narrativa se intensifica en contextos fronterizos, porque los sujetos deben negociar permanentemente su lugar entre universos simbólicos en tensión. La narrativa, incluyendo la de ficción, da forma a cosas del mundo real, confiriéndole carta de derechos en la realidad, lo que resulta particularmente pertinente para analizar cómo la literatura carchense construye imaginarios de lo fronterizo que trascienden la mera descripción para convertirse en propuestas ontológicas alternativas.

La cuestión del sujeto y su relación con la memoria ha sido ampliamente abordada por Ricœur (2000). Este filósofo distingue entre la memoria como capacidad y el recuerdo como narrativa. Para él, el testimonio constituye la estructura que media entre la experiencia y su transmisión comunitaria, y en esa transmisión se juega una exigencia específica de verdad que él denomina “verdad-fidelidad”. Esta categoría resulta operativa para comprender las narraciones generadas desde la frontera, pues quienes las transmiten no pretenden ofrecer una reproducción exacta de lo acontecido, sino una representación fiel a la experiencia del encuentro con lo numinoso.

En este sentido, el recuerdo incluye el contexto en el que se adquirió ese recuerdo. En la literatura carchense, esta dimensión se evidencia cuando los narradores incorporan en sus textos las circunstancias en que escucharon las historias de sus mayores, sus tradiciones, sus costumbres y sus prácticas sociales, estableciendo así una cadena de transmisión que legitima lo narrado.

Desde una perspectiva distinta pero complementaria, Benjamin (2007) ofrece categorías fundamentales para pensar la figura del narrador en contextos fronterizos. Su distinción entre dos tipos de narradores —el que viaja y regresa con algo que contar, y el que permanece en su comunidad conociendo sus historias— adquiere particular relevancia para el análisis de la literatura carchense. Los narradores de esta región encarnan ambas modalidades: viajan al “otro mundo” en sus experiencias con lo sagrado y regresan para compartir lo visto, pero al mismo tiempo permanecen anclados a su comunidad y sus tradiciones. Benjamin (2007) sostiene que el narrador adquiere su plena corporeidad cuando internaliza esos dos modos, y en ello reside su autoridad para transmitir consejos y experiencias.

Benjamin (2007) advierte también que la narración no se desgasta con el tiempo, a diferencia de la información periodística que envejece en el instante mismo de su publicación; la narración mantiene su fuerza acumulada y es capaz de desplegarla aun después de largo tiempo, lo que explica la pervivencia de ciertos motivos en la literatura escrita contemporánea del Carchi.

La relación entre oralidad y escritura ha sido problematizada por Rama (1984). Este crítico literario analiza cómo en América Latina la palabra escrita se constituyó como la única valedera, generando una oposición estructural con la palabra hablada. La ciudad letrada, que es definida como el circuito creado por todos aquellos que manejaban y administraban los signos escritos, se erigió como el anillo protector del poder, dotando a la escritura de un carácter sagrado que la distinguía de las tradiciones orales. Esta tensión entre lo escrito y lo oral resulta central para comprender la producción literaria carchense. Los textos aquí analizados incorporan estratégicamente procedimientos propios de la oralidad sin haber renunciado a su condición escrita: la repetición, la apelación al oyente/lector, la mezcla de registros y la inclusión de motivos provenientes de la tradición oral. Se trata, en términos de Rama (1984), de una operación que disputa el campo de la escritura desde los márgenes, utilizando sus mismas herramientas, pero resignificándolas desde una sensibilidad fronteriza.

Las reflexiones de Bajtín (2011) sobre los géneros discursivos ofrecen herramientas adicionales para abordar esta hibridación. Este teórico ruso distingue entre géneros discursivos simples (primarios) y complejos (secundarios), y advierte que los complejos, como la novela o el cuento, pueden absorber y reelaborar los simples, incorporando el diálogo cotidiano, el relato oral o las formas folklóricas. Así, el enunciado literario no es nunca una creación ex nihilo, sino que responde a una memoria colectiva y a una tradición: “el hablante no es un Adán bíblico enfrentado a objetos vírgenes, aún no nombrados, a los que debe poner nombre” (Bajtín, 2011, p. 57).

Los escritores carchenses, al apropiarse de motivos como el compactado o las apariciones, no están inventando nuevos temas, sino que se inscriben en una cadena de enunciados previos que los preceden y los constituyen. Su originalidad no reside en la novedad temática, radica en la capacidad para reconfigurar esos materiales desde una sensibilidad contemporánea, abriendo nuevos intersticios entre lo oral y lo escrito, lo local y lo universal, lo tradicional y lo moderno.

Finalmente, las propuestas de Deleuze y Guattari (2012) sobre el rizoma y las literaturas menores resultan particularmente fecundas para pensar la literatura carchense. Para ellos, una literatura menor no se define por el uso de una lengua menor, se define por la desterritorialización que un escritor produce en la lengua mayor: el escritor se convierte en extranjero en su propia lengua, la hace tartamudear, la lleva al límite de sus posibilidades expresivas. Los escritores carchenses, aunque trabajan con el español estándar, lo someten a tensiones que lo desterritorializan: incorporan giros propios del habla fronteriza, mezclan referentes culturales diversos y construyen una sintaxis que a menudo se aproxima a los ritmos de la oralidad.

Además de eso, el concepto de rizoma, entendido como un sistema donde cualquier punto puede conectarse con cualquier otro, sin jerarquías ni centros, permite comprender la operatoria textual de autores como Luis Felipe Vásquez, quien entrevera a Paracelso con la Chiguaca Mirla, a Merlín con la mariposa azul de Chical, estableciendo conexiones transversales que desactivan las oposiciones binarias impuestas por la modernidad colonial. La literatura carchense, en este sentido, no es un calco de tradiciones previas, sino un mapa abierto, alterable, conectable, que construye activamente nuevos territorios simbólicos desde la periferia.

METODOLOGÍA

Para muchos críticos, el análisis literario es meramente un ejercicio de exégesis textual; aquí, por el contrario, será considerado un instrumento fundamental para generar reflexión social. La teoría literaria, al alterar nuestras perspectivas naturalizadas, permite cuestionar los sentidos comunes y revelar las construcciones históricas y culturales que subyacen a las representaciones artísticas (Culler, 2000). La crítica literaria, de este modo, se transforma en una herramienta de interrogación política y cultural. Su campo de operación puede llegar a ser vehículo de la ideología dominante, pero también puede convertirse en un instrumento para desarmar esa misma ideología, lo que la sitúa en el centro de las luchas por la significación y la identidad dentro de una sociedad. En este sentido, estudiar la literatura de una región fronteriza como el Carchi implica asumir este carácter dual del fenómeno literario, reconociendo su potencia para tanto reproducir como subvertir los imaginarios establecidos.

El análisis literario que en este artículo se aplicará es de orden discursivo, con orientación culturalista. Este enfoque, en la línea de los estudios culturales, examina los textos literarios como prácticas significantes que participan en la construcción, negociación y transformación de identidades y realidades sociales. Lo que se buscará en cada texto es identificar e interpretar las estrategias discursivas y poéticas que configuran la ficcionalidad, tales como metáforas, símbolos, construcciones de personajes y tramas. Se trata de leer la literatura como un espacio de producción activa de sentido, donde se articulan respuestas estéticas a una condición histórica fronteriza. Este método permite, como sugiere la teoría, considerar los productos culturales en su relación sintomática y a la vez creativa con el contexto que los produce, sin descuidar la especificidad de su lenguaje literario.

El corpus analizado, en cuanto a poesía, incluye textos de Flor María Cadena (“A mi padre en el recuerdo”), Hefrain Ortiz Cevallos (“Padre, aún estás conmigo”), Gloria Santacruz, Zulema Obando (“Desde todos los tiempos”), Ramiro Almeida (“Miradas y sentires” y “Reincidencia”), Milton Alvares Viteri (“Mi tierra”), Rafael Arellano del Hierro (“Antropoceno”), Wilson Viveros (“¡Y estás ahí!”), Carlos Pozo Romo (“Mi recuerdo, Carchi”), Jorge Castillo (“Media noche”), Alexis Rivadeneira (“Leámonos”), Felipe Ortiz Cevallos (“Respuesta a mi silencio”), Alexandra Nayibi (“El ángel de mis ensueños”), Emilio Ortiz (“Añorando a Tulcán”) y Laura Portilla (“Agua”). En narrativa, se incluyen cuentos de Miguel Ángel Bolaños (“La catedral fantasma dentro del bosque”, “Las Lagunas Verdes”), Armando Tito Cerón Villamagua (“Las botas”), Luis Felipe Vásquez (escenas narrativas), Santiago Guerrero (“Es porque eres escritor”), Luis Paredes (“Alma en pena”) y Rosa Cecilia Muñoz (“El diablo”). Se reconoce y lamenta la inevitable exclusión de otros valiosos autores y textos carchenses debido a los límites del presente estudio, cuyo recorte busca profundidad antes que exhaustividad.

Todos los textos provienen del volumen Literaltura: primera compilación de escritores del Carchi, publicada en 2022 por el Gobierno Autónomo Descentralizado Provincial del Carchi y la Casa de la Cultura Ecuatoriana Núcleo del Carchi (CCE). Esta compilación se erige como fuente principal por razones metodológicas y contextuales. La provincia del Carchi carece de una industria editorial robusta; las publicaciones suelen depender de esfuerzos institucionales puntuales de la CCE, las entidades gubernamentales y la Universidad Politécnica Estatal del Carchi (UPEC), estando esta última más enfocada en lo académico que en la difusión literaria sistemática. Esta precariedad editorial fuerza a muchos escritores a financiar sus propias ediciones, con tiradas reducidas y distribución limitada, lo cual provoca que sus obras sean de difícil acceso o escasas. La antología mencionada, al congregar una muestra plural y auto-seleccionada por los propios autores, ofrece un corpus coherente y representativo, facilitando un análisis comparativo y evitando la dispersión que supondría rastrear decenas de publicaciones unitarias de circulación restringida.

Desarrollo de la reflexión

En el cuento “La catedral fantasma dentro del bosque”, de Miguel Ángel Bolaños, un hombre, al anochecer, es conducido hacia lo que, a primera vista, parece una hermosa dama. Pero pronto descubre que ha sido engañado y que en realidad se encuentra frente a una mujer espantosa que representa a la muerte. Al día siguiente, al amanecer, no sabe si lo que vivió fue real o si se trató de una pesadilla.

Ese hombre se encuentra situado en un lugar de enunciación caracterizado por su indefinición: no sabemos a ciencia cierta si estaba borracho o sobrio, si todo transcurrió en este o el otro mundo, ni siquiera tenemos la certeza de si se trató de un sueño o de la realidad. Justamente, esa capacidad de situarse entre los límites del ser es una de las características que mejor definen a la literatura carchense, por lo menos a la mayoría de los textos que aquí han sido compilados. En cada uno de ellos, al igual que sucede en el cuento de Miguel Ángel Bolaños, los personajes se sitúan en esas grietas o intersticios que se abren entre lo que es y lo que no es.

En el poema “A mi padre en el recuerdo”, de Flor María Cadena, la voz lírica, una voz en la que resuenan metáforas nostálgicas, nos afirma rotundamente que la ausencia del padre es irremediable: la muerte se lo ha llevado para siempre. Sin embargo, esa misma voz que de manera franca cierra toda esperanza, es la que unos versos más adelante afirma: “Mi palabra te lleva y te trae”. En efecto, el padre ha muerto, o sea, ha desaparecido irremediablemente, pero la palabra, en este caso la palabra poética, se transforma en un instrumento de la memoria que puede traer su presencia. El poema nos deja situados en ese intersticio que se abre entre la presencia y la ausencia.

Algo muy parecido sucede en los poemas que Hefrain Ortiz Cevallos les dedica a sus padres fallecidos. En ambos textos la palabra poética, además de ser empleada para derribar los límites entre la vida y la muerte, permite también que emerja entre ambas unidades una nueva entidad. Los padres del poeta, al igual que sucede con el padre de Flor María Cadena, aunque atravesaron el camino que desde la vida conduce hacia la muerte, logran habitar un nuevo territorio de la memoria creado en el poema.

Por supuesto, los padres de Hefrain Ortiz Cevallos y de Flor María Cadena ya no están en esta vida; pero tampoco se encuentran en la otra vida. Ahora ellos habitan un nuevo territorio que la poesía ha logrado crear entre la vida y la muerte. Podemos, entonces, afirmar que la literatura carchense no solo abre un intersticio entre los límites ontológicos de las unidades, sino que, además, tiene el poder enunciativo para crear nuevos territorios o espacios fronterizos donde los límites se funden.

El mismo fenómeno podemos observarlo en el cuarto microcuento de Armando Tito Cerón Villamagua. La identidad de género, una de las construcciones culturales donde la muralla limítrofe entre hombre y mujer pareciera haberse instaurado con mayor ahínco, es aquí puesta en entredicho. De hecho, hay un personaje erotizado que enciende los deseos sexuales de quienes lo observan, pero que, a pesar de ello, es asexual: no está ni a uno ni al otro costado de la identidad sexual. Está ubicado realmente en el intersticio que el microcuento abre entre ambos sexos, en una nueva posibilidad de habitar los cuerpos, una posibilidad existencial que, sin prescindir del deseo sexual, le permite al sujeto habitar un nuevo territorio de la pasión donde el tránsito entre las identidades masculina y femenina sea posible.

Gloria Santacruz, en el primero de los poemas que entrega en el libro Literaltura, presenta una imagen formidable para ilustrar esta característica de la literatura carchense. Ella, a partir de la recreación de un ambiente otoñal, nos habla de “brújulas inciertas”, es decir, nos remite a significados establecidos y determinados por el consenso social, esas “brújulas” que orientan el pensamiento y el actuar de la colectividad, pero, así mismo, nos advierte que esos instrumentos de significación, a pesar de su carácter orientador, están siendo situados en su poema dentro de un espacio de la incertidumbre, en una duda que fragmenta toda revelación que puedan ofrecernos.

Creo que uno de los grandes méritos de la literatura carchense es precisamente reconfigurar el uso de esas “brújulas”, desvirtuando su capacidad de ser instrumentos de la navegación para convertirlas en mecanismos capaces de propiciar el naufragio. Esto, en otras palabras, significa que la literatura carchense derriba los límites instaurados para proponer nuevos territorios donde los contrarios, los opuestos, los diferentes, las otredades, logran encontrarse. Por supuesto, ese encuentro, al reconfigurar un nuevo territorio, establece nuevos límites, genera nuevas unidades, nuevas identidades. Pero, a diferencia de los límites derribados, los que establece la literatura carchense no están cerrados sobre sí mismos, ni se yerguen como murallas impenetrables, sino que se encuentran abiertos para permitir los mutuos contagios, las relaciones de intercambio entre los sí mismos.

Por ejemplo, Luis Felipe Vásquez, en las escenas narrativas que nos entrega, derriba los muros que históricamente se han levantado entre lo occidental y lo amerindio, entre lo racional y lo absurdo, entre lo civilizado y lo salvaje. Sus textos entreveran a Paracelso con la Chiguaca Mirla, a Morgana con la princesa Micaela, a Merlín con la mariposa azul de Chical, al Nirvana con el Cusumbo, a la Celestina con el Pastas, y a doña Sabiduría con don Lázaro Chamba, entre otros. De manera que sus textos, a partir de la oralización de la escritura, logran fusionar lo que la modernidad se ha empeñado en separar.

Ahora bien, sería torpe e ingenuo pensar que Luis Felipe Vásquez, al realizar esa fusión entre lo civilizado y lo salvaje, niega el valor de los límites. La verdad es que él, al crear un nuevo territorio, levanta unos nuevos límites, en este caso, unos límites que en el texto aparecen referenciados como “el país del barroco chicaleño”. Lo que sí podemos afirmar es que los límites levantados por él son muy distintos a los instaurados por la cultura europea. Los suyos son unos límites que invitan al contagio, que están abiertos para dar y recibir, promoviendo una economía de la reciprocidad donde todos llegan a darse y a recibir al otro. Por el contrario, aquellos otros límites inventados por el pensamiento europeo tenían como fin conservar la supuesta pureza de su ser, mantenerse inmaculados e inmunizados frente al otro amerindio, justificando de esa manera su posibilidad de dominarlo y explotarlo.

Este nuevo territorio que Luis Felipe Vásquez denomina “el país del barroco chicaleño” puede ser equiparado con las imágenes que otros escritores carchenses construyen en este libro desde el mestizaje. Zulema Obando, en su poema “Desde todos los tiempos”, nos dice: “Soy la india que decantó en la mestiza, / única e indivisible, / insurrecta y soñadora”. Ahí ella construye su identidad cultural como “mestiza”, es decir, como resultado de la fusión de muchas sangres diferentes, pero, al mismo tiempo, esa construcción identitaria es planteada desde el levantamiento de nuevos límites que la hacen “única e indivisible”, aunque no cerrada sobre sí misma, sino abierta a la posibilidad de ser “insurrecta y soñadora”. Se trata, en otras palabras, de la misma construcción identitaria propuesta por Luis Felipe Vásquez: una fusión cultural que, en lugar de negar el límite, lo que hace es levantarlo nuevamente en otro lugar y con otro sentido, un límite abierto al otro, con unos principios éticos muy diferentes a aquellos que existían previamente.

En este mismo sentido podemos leer el poema “Miradas y sentires”, de Ramiro Almeida, quien escribe: “vientos del sur mi América mestiza / diversa multiétnico poncho al viento / Ocarina morena cantos ancestrales / Confidentes de una raíz nutricia / Irreversible”. Y el poema “Mi tierra”, de Milton Alvares Viteri, en la estrofa que reza así: “Es que esta es mi tierra, es mi paisaje, / somos tú y yo, los nuestros, / es la comunión de barro, fuego y soplo divino, / es el crisol del encanto, de nuevos vuelos”. Y, por supuesto, el poema “Antropoceno”, de Rafael Arellano del Hierro, especialmente cuando afirma: “Si pudiese tomarte entre mis manos, / limpiaría con mi aliento tus atmósferas, / borraría esos tatuajes de fronteras y hemisferios / y a las razas restaría meridianos; / dejaría el cenit y el nadir envueltos / en la única cultura de la vida, / ¡la cultura sustantiva del amor!”

Ramiro Almeida configura la analogía metafórica de su texto en la musicalidad; Milton Alvares Viteri, en la alfarería; y Rafael Arellano del Hierro, en la geología. Aunque los tres recurren a imágenes diferentes, coinciden en la expresión de un sentido similar: no somos entidades que se han mantenido encapsuladas dentro de sus límites, ni purezas divinas que devienen de sí y para sí, ni somos esencias que se han mantenido inmaculadas frente al mundo. Al contrario, somos como la música, que cuando suena ocupa todos los rincones; somos como el fuego, que cuando se enciende irradia su calor por todas partes; somos como las montañas, que se levantan por fuera de las coordenadas que pretenden dominarlas.

En definitiva, lo que nos están diciendo estos tres autores es que somos el resultado de la historia, de los múltiples cruces culturales que hemos vivido, de las invasiones que hemos padecido, de las conquistas que nos han atravesado, de los otros que nos han habitado y que, a su vez, hemos habitado. Somos indígenas, somos europeos, somos africanos, somos eso y mucho más.

Incluso, Miguel Ángel Bolaños, en su cuento “Las Lagunas Verdes”, hace una propuesta aún más radical. Ahí plantea que el origen mitológico del pueblo pasto (específicamente de sus hechiceros) no deviene de la conservación de un linaje puro y cerrado, sino que, a decir verdad, son hijos de la diosa Luna y de un extranjero que viaja por el universo. De alguna manera, este cuento nos propone que la parte medular de nuestro ser, esa parte sagrada y mítica que puede identificarse con los hechiceros, deviene de ese otro que está por fuera de nuestros límites existenciales, o sea, nuestra esencia más medular y cristalina es verdaderamente el fruto de la huella extranjera, una huella cuyo camino proviene de un afuera de nosotros mismos.

Aportes de la reflexión

Si algo caracteriza a la literatura carchense es precisamente esa manera de resignificar los límites. En el poema “¡Y estás ahí!”, de Wilson Viveros, la amada aparece en todas partes: en el mar, en el viento, en la tierra, en las calles, en las ermitas, en los parques, en los hospitales, en los talleres, tras las rejas, en fin, la amada se encuentra “esparcida en la palabra”. En el poema “Mi recuerdo, Carchi”, de Carlos Pozo Romo, el yo poético ilustra su pasión a partir de unas imágenes que, en lugar de posicionarse dentro de la unidad, prefieren expandirse por las multiplicidades: “conocí casi todas las religiones”, “he viajado casi en todo”, “he visto paisajes de todos los colores”. El yo poético no se encierra tras las murallas limítrofes de una religión, un medio de transporte o un color. Prefiere transversalizar su mirada para atravesar todas las religiones, todos los transportes y todos los colores. El yo poético derriba los límites de las entidades para proponer un nuevo territorio transversalizado.

Es como si la condición geopolítica de la provincia del Carchi, ubicada en el límite binacional que comparten Colombia y Ecuador, no solo fuera un aspecto que atraviesa la vida de sus habitantes en el territorio, sino que además esa característica se convierte a su vez en el principal eje cultural que define las modalidades de representación presentes en esta zona, entre ellas, principalmente la literatura.

Mientras que en el territorio carchense encontramos cacharreros, comerciantes, contrabandistas, mindaláes y ciudadanos en general que desconfiguran el límite binacional al atravesarlo con todo tipo de productos y mercancías, de la misma manera, en la literatura encontramos poetas y narradores cuyas imágenes permiten que las unidades en conflicto entren en mutuos contagios, compartiendo sus existencias. Mientras los habitantes del territorio unen los bordes de Ecuador y Colombia permitiendo que surja un nuevo territorio fronterizo a partir de los intercambios gastronómicos, festivos, deportivos, familiares, económicos y de parentesco, de la misma manera los autores compilados en este libro fusionan los márgenes de los seres en oposición, permitiendo que entre ellos aparezca una nueva forma de vida, tal como el moho florece en el filo del acero.

Ramiro Almeida, en su poema “Reincidencia”, retrata la inusitada hermosura que poseen aquellos que habitan el borde, el margen, el límite, aquellos que han decidido abandonar la seguridad centrípeta del poder: “objetos conocidos y sujetos cognoscentes / cabalgan por el pulso marginal / de un territorio tumultuoso / algo trascendente sobrepasa el dintel / de los héroes ajenos al flujo cuotidiano”. Y Guillermo Cadena, en su texto “Un cuento sobre Tulcán”, a partir de una conversación pedagógica entre un abuelo y su nieto, ilustra el proceso de transmisión de la tradición, destacando que “Tulcán es una ciudad fronteriza, y por lo mismo recibimos muchos visitantes de la ciudad de Ipiales, que pertenece al hermano país de Colombia, como también, de otros países”.

En la literatura carchense nada está anclado a una existencia definitiva, única y clausurada. Todo está en tránsito, fluyendo por los límites; incluso, hasta el amor permanece en perpetuo movimiento. Así lo manifiesta Jorge Castillo en su poema “Media noche”, en el cual configura al amor como un elemento que se mueve “entre jueves y viernes / entre días y semanas / entre semanas y años / entre años y eternidades / entre la vida y la muerte”. Y así mismo lo muestra Santiago Guerrero en su cuento “Es porque eres escritor”, un relato sutilmente apasionado en el que afirma: “Después de pensarlo unos segundos le dije que hacer el amor era como escribir un cuento. Era un trance completo, donde uno no hacía esfuerzo alguno, la belleza solo venía y se plasmaba ahí. Si uno trataba de forzarla, se perdía”.

El amor, tanto en el poema de Jorge Castillo como en el cuento de Santiago Guerrero, es representado como un movimiento que atraviesa límites, un líquido posmoderno que fluye por entre las estructuras institucionales consolidades por el Estado. De hecho, en el poema de Jorge Castillo, los límites atravesados son de carácter temporal; y en el caso de Santiago Guerrero, se trata de límites relacionados con el estado de las cosas, límites que diferencian lo normal de lo alterado. Sin embargo, lo más llamativo del cuento de Santiago Guerrero es que compara el amor con la literatura, para ilustrar cómo ambos fenómenos nos hacen atravesar los límites que separan la normalidad de la alteración, lo habitual del trance, la cordura de la locura.

Para el escritor carchense, entonces, el ejercicio literario está por fuera de cualquier condición estática relacionada con la escritura como huella inmodificable, o sea, escribir no es tallar significados sobre piedra, ni fijar en un texto un sentido único que se mantenga invariable a lo largo del tiempo. Para el escritor carchense, la literatura es precisamente la fuerza que, como dice Gloria Santacruz, nos impulsa “a buscar eternamente una tierra / donde los sueños enarbolen la esperanza”.

De ahí que el escritor carchense no tenga inconveniente en publicar sus textos en una compilación que, como en el caso, del libro Literaltura abandone los criterios editoriales que generan clasificaciones genéricas, organizaciones cronológicas o diferenciaciones temáticas. De ahí también que, como sucede en algunos textos de este libro, no haya ningún inconveniente en destacar un registro pedagógico por encima de cualquier interés estético. De ahí que, como lo evidencian otros textos de ese libro, el principal interés de los autores sea compartir sus textos, entregarlos al lector, antes que ocuparse de las condiciones estilísticas en que se efectuará esa entrega.

La literatura carchense, como lo expresa Alexis Rivadeneira en su poema “Leámonos”, no es considerada como una modalidad de la escritura, ni como una estética de la representación o un lenguaje mimético de la vida, sino que en realidad es más un espacio del encuentro, un lugar para la minga, una oportunidad para el acercamiento afectivo hacia el otro: “Leámonos así… / Escribiendo la última poesía / Liberada en tu cintura… / Leámonos así / En todos los lenguajes / En todos los instantes / En todas las hojas del calendario…”

Por eso, en la compilación Literaltura hay varios relatos donde la literatura atraviesa los límites de la oralidad, apropiándose de temas y motivos presentes en las narraciones que cuentan los mayores alrededor del fogón. Se trata, especialmente, de las historias sobre el compactado, una persona que, a cambio de riquezas o poderes, le entrega su alma al diablo. En el caso de Armando Tito Cerón Villamagua, en su cuento “Las botas” nos habla de Antonio, alguien que, entre Salinas y Latacunga, al parecer recibió riquezas del diablo, y hoy no se sabe nada de su paradero. En el caso de Luis Paredes, en su cuento “Alma en pena”, narra la historia de Milton Puengás, un espíritu que regresa a esta vida para avisar dónde dejó enterrado un tesoro que ahora no le permite descansar en paz. Y en el caso de Rosa Cecilia Muñoz, en su cuento “El diablo”, relata cómo un hombre, gracias a la astucia de su esposa, logró engañar al diablo por medio de un disfraz.

Estos tres cuentos nos hablan de personas que abrieron los límites de su sí mismo para recibir algo del diablo. El problema es que aquello que recibieron fue retenido en su interior, sin compartirlo con los demás, sin devolverlo a la comunidad, a sus semejantes, a sus familiares. Las personas se cerraron sobre sí mismas para impedir que lo recibido volviera a salir, siguiera circulando entre los demás. En este sentido, enriquecerse acumulando sin compartir o reteniendo lo recibido conlleva una suerte de sanción social, un castigo sagrado que se le impone al sujeto con la pérdida de su alma, la pérdida de su ser en el más allá, la imposibilidad de trascender después de la muerte.

En efecto, el llamado de la literatura carchense es más bien para que el sujeto obre de manera inversa al compactado. Su propósito es instaurar en la sociedad un código cultural donde los límites deben siempre abrirse hacia el otro. Así lo manifiesta Felipe Ortiz Cevallos en su poema “Respuesta a mi silencio”, cuando afirma que “tú eres parte de mi vida / y te encuentro tan dentro de mí”. Y así mismo lo manifiesta Ramiro Almeida en un verso espléndido de su poema “Entre la quinta esencia y plenilunio”, un verso que nos invita a volcarnos sobre nuestro propio afuera, un verso que nos invita a entregarnos a “La tentación de los abismos al otro lado del espejo”.

Creo que ahí reside la rebeldía que se le adjudica a la identidad carchense, esa rebeldía que Alexandra Nayibi, en su poema “El ángel de mis ensueños”, ilustra de la siguiente manera: “Tierra de botijuelas, tierra de la estrella de ocho puntas / Rebelde linaje, inspiración que persigue cantos victoriosos”. Esa misma rebeldía que Emilio Ortiz, en su texto “Añorando a Tulcán”, exalta así: “Tulcán, eres una ciudad valerosa que te levantas gallarda con el frío de tus páramos, cobijada con nubes de amor, de paz y de esperanza”.

En efecto, yo creo que la rebeldía construida en el imaginario carchense reside, entre muchos otros aspectos sociales e históricos, en la capacidad que tiene su literatura para derribar los límites del ser y reconstruirlos bajo nuevos principios éticos, una literatura que abre intersticios entre los sentidos impuestos para crear un nuevo territorio del mestizaje, una literatura que se aleja de la centralidad para situarse en un margen donde los encuentros con el otro florecen, una literatura donde, tal como lo señala Laura Portilla en su poema “Agua”, “derribas / Impulsas / excluyes / incluyes”.

 

 

 

CONCLUSIONES

La literatura carchense se erige como un potente dispositivo de negociación identitaria. Su naturaleza ontológica trasciende la mera representación para convertirse en un acto performativo de creación de lo social. Desde su condición fronteriza, los textos analizados configuran una identidad híbrida que produce un sujeto mestizo cuya esencia radica en la apertura y el tránsito. Ávalos Flórez (2025a; 2025b) en su análisis sobre interculturalidad en la frontera colombo-ecuatoriana, señala que en contextos de frontera la cultura se activa como un proceso de traducción permanente donde los sujetos negocian su lugar en el mundo más que afirmar esencias fijas. En este sentido, la literatura carchense opera precisamente como esa maquinaria de traducción, donde el intersticio deviene el lugar ontológico principal del ser regional.

El análisis reveló que la operación central de esta literatura es la creación de territorios simbólicos fronterizos que desactivan las oposiciones binarias de la modernidad colonial. La vida y muerte, lo masculino y lo femenino, lo propio y lo ajeno, lo occidental y lo amerindio no está propuesto a partir de una jerarquización vertical de oposiciones contradictorias, sino como un paradigma de imaginación descolonizadora. No es un territorio de simple fusión; es un espacio de enunciación que instaura nuevos límites éticos y permeables, basados en la reciprocidad. Esta construcción coincide con lo que Rivadeneira Díaz (2025) identifica como un principio clave del pensamiento fronterizo: la capacidad de habitar la dualidad sin buscar una síntesis superadora, la capacidad de mantener la tensión creativa como forma de conocimiento y existencia. La literatura carchense encarna este principio porque transforma al límite en un hábitat y no una barrera.

En la literatura carchense aquí analizada, la ética del contagio y la apertura están radicalmente en oposición a la lógica acumulativa y excluyente del capitalismo colonial. Los relatos del compactado funcionan como alegorías morales que sancionan el encierro en el sí mismo y la acumulación sin reciprocidad. En contraste, la vocación mayoritaria de los textos es instaurar un código cultural donde el sentido, el afecto, la episteme y la propia identidad circulen y se compartan. La práctica literaria, de este modo, se transforma en una minga discursiva, un trabajo comunitario de significación. Como apuntan Baltodano Román y Ramírez Villalobos (2025), a propósito de las literaturas regionales, esta función social de la literatura es fundamental para sostener imaginarios colectivos alternativos en tiempos de homogenización global. La literatura carchense, así, no solo interpela su realidad, sino que propone un modelo de convivencia basado en la donación, el intercambio y la apertura constante hacia el otro.

 

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