Ensayo DOI: https://doi.org/10.61154/holopraxis.v10i2.4822
Ética y nética ante la inteligencia artificial: propuesta de mediación crítica en el marasmo digital
Ethics and Netics in the Age of Artificial Intelligence: A Proposal for Critical Mediation in the Digital Stagnation
Lilian Nayive-Anguloa
a Universidad de Los Andes, Mérida, Mérida, Venezuela. Email: academiappd.ula@gmail.com, Orcid: https://orcid.org/0000-0002-0569-2347
Esta investigación analizó la compleja transición de la ética tradicional hacia la nética en el marco de la modernidad líquida y la era de la Inteligencia Artificial. El objetivo general consistió en comprender dicha transición para proponer dispositivos de mediación crítica y control socioeducativo que regulen los ímpetus humanos y protejan la integridad del ser en entornos de aprendizaje hiperconectados. Metodológicamente, se desarrolló una revisión teórica multidisciplinar sustentada en un análisis fenomenológico del entorno digital. Los hallazgos demostraron que la simple adopción de la netiqueta resultó insuficiente frente a riesgos emergentes como la dominación psicológica, la desinformación y el automatismo del algoritmo, lo que evidenció la urgencia de transitar hacia un paradigma nético estructurado. Finalmente, se concluyó que el ser humano requiere para consolidar su responsabilidad moral en la virtualidad la autorregulación y el pensamiento crítico ante la información que recibe. Asimismo, se determinó la necesidad de que la educación impulse la nética a través de mecanismos prácticos como laboratorios de dilemas virtuales y observatorios de convivencia, los cuales transforman a los usuarios en ciudadanos digitales empoderados y resguardan su esencia humana.
Descriptores: educación; ética; responsabilidad; ciudadanía; inteligencia artificial. (Tesauro UNESCO)
ABSTRACT
This research analyzed the complex transition from traditional ethics to netiquette within the framework of liquid modernity and the era of Artificial Intelligence. The overall objective was to understand this transition in order to propose mechanisms for critical mediation and socio-educational control that regulate human impulses and protect the integrity of the individual in hyperconnected learning environments. Methodologically, a multidisciplinary theoretical review was conducted, grounded in a phenomenological analysis of the digital environment. The findings demonstrated that the mere adoption of netiquette proved insufficient in the face of emerging risks such as psychological domination, disinformation, and algorithmic automatism, highlighting the urgency of transitioning toward a structured netic paradigm. Finally, it was concluded that, in order to consolidate their moral responsibility in the virtual realm, human beings require self-regulation and critical thinking regarding the information they receive. Likewise, the study identified the need for education to promote “netics” through practical mechanisms such as virtual dilemma labs and coexistence observatories, which transform users into empowered digital citizens and safeguard their human essence.
Descriptors: education; ethics; responsibility; citizenship; artificial intelligence. (UNESCO Thesaurus)
Recibido: 18 de mayo de 2026
Aprobado: 19 de julio de 2026
Hacer descripciones precisas sobre los cambios de la sociedad en el siglo XXI pudiera parecer una tarea retadora porque, seguramente, lo que hoy se analice pronto estará o fuera de contexto o desfasado en el tiempo. Para el análisis se toma como punto de partida los trabajos realizados por Bauman (2005, 2007, 2013) Han (2012), Yehya (2001) en los que presenta una radiografía de los cambios acelerados que se viven.
La reconfiguración de la sociedad contemporánea está estrechamente ligada a la domesticación técnica de las ondas electromagnéticas, las cuales han acelerado la comunicación, la innovación y la productividad global (Burbano, 2024). En esta dinámica, la Inteligencia Artificial (IA) y el internet convergen para capitalizar el volumen masivo de datos acumulados en la nube. Como explica Burbano (2024), corporaciones multinacionales como Amazon, Microsoft, Google, IBM y Oracle han monopolizado esta infraestructura, convirtiendo la información de la población mundial en “el nuevo lenguaje del oro” y el intangible que define la riqueza y el poder en la era de la hiperconectividad.
Detrás de su brillo también existe un lado oscuro. Miranda Ruiz y Gastelúa Pérez, (2025) indican que “La inteligencia artificial no es una tecnología imparcial; su diseño y aplicación están profundamente influenciados por los valores, creencias y las estructuras de poder de las sociedades que la crean” (p.485). El estudio revela que la IA no es una herramienta neutral, sino un reflejo de relaciones de poder que perpetúan desigualdades preexistentes. Se identifican ejemplos concretos de discriminación en algoritmos de selección laboral y reconocimiento facial, así como la precarización del trabajo debido a la automatización. En opinión de Torres Montalvo et al. (2026) la IA predictiva y el reconocimiento facial amenazan las libertades al facilitar la vigilancia masiva sin consentimiento, una problemática agravada porque la supervisión humana no exime de responsabilidad por los delitos cometidos mediante estos sistemas.
La investigación de Benavides Torres y Pazmiño Palma, (2026) destaca varias preocupaciones o dilemas éticos que giran en torno a la IA y la educación. Por un lado, existe una dependencia excesiva que considera se puede generar por la facilidad de resolver ciertas tareas usando IA. También la sensación de deshonestidad, la pereza, la posible deshumanización de las labores escolares, e incluso la limitación de la creatividad y el pensamiento crítico.
La llegada de la IA, los algoritmos de recomendación masivos y el Big Data ya no actúan solo como tecnologías, sino como entornos ontológicos que reconfiguran la subjetividad humana. El ser que se forma se educa, y se constituye en ciudadano, ve como todo lo que permea su educación pasa ahora por el filtro de la tecnología. Ella misma impone sus propios valores. Al respecto, León González y Guerrero-Pérez (2024) abogan por anteponer la dimensión ética en el proceso progresivo de digitalización educativa. Desde su perspectiva, esto implica no solo asumir con responsabilidad efectiva los consensos y convenios internacionales en la materia, sino también contextualizar esta relación binaria entre educación y tecnología a partir de las realidades concretas de cada país, comunidad y escuela; universos particulares y diversos que resultan indispensables para la formación de un nuevo ciudadano.
Indudablemente, somos seres con un vínculo inmanente a la ética, y esa responsabilidad moral no desaparece en los entornos virtuales, por cuanto la propia crisis del “ser” obliga a consolidar una responsabilidad moral profunda y la protección del otro. Es allí donde las instituciones educativas están llamadas a reevaluar su propia formación ética, la cual corre el riesgo de quedar rezagada frente a los cambios sociales, culturales y tecnológicos. Se justifica que cualquier entorno educativo y quienes forman parte de él deben estar conscientes que las tecnologías siguen una tendencia a la omnipresencia, se perfeccionan en tecnologías de vigilancia masiva y muchas veces se evidencia y comprueba los riesgos socio emocionales a los que se enfrentan los usuarios (acoso, difamación, adicción).
De acuerdo con la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO, 2023), es indispensable acudir a la Recomendación sobre la ética de la inteligencia artificial para salvaguardar la “agencia humana” frente a la automatización algorítmica, erigiéndose como estándares éticos obligatorios para la gobernanza de las tecnologías de aprendizaje. De allí, la importancia que todas las personas involucradas en el hecho educativo en cualquiera de los niveles o modalidades deben actualizar sus conocimientos en esta materia.
Es necesario entender que el marasmo digital muta constantemente a nuevos contenidos, nuevas subjetividades. Por ello, los códigos tradicionales de conducta en la red se quedaron cortos. La netiqueta clásica solo sirve para regular la cortesía superficial en plataformas de texto, pero es incapaz de dar respuesta a los sesgos algorítmicos, la dominación psicológica del feed on-demand, la suplantación de identidad o los dilemas éticos de la IA generativa.
Frente a este marasmo de virtualidad líquida e instrumentalización algorítmica, en este ensayo se defiende la tesis de que la adopción técnica de protocolos de convivencia digital (netiqueta) son insuficientes para resguardar la subjetividad del estudiante. Se sostiene que solo la transición hacia una Nética entendida como una ética aplicada al ciberespacio cimentada en la responsabilidad moral profunda y los principios de religación de Morín (2006a, 2006b) pueden proveer al sujeto de las herramientas críticas indispensables para su autorregulación, transformándolo de una víctima pasiva de la vigilancia algorítmica en un ciudadano digital autónomo y empoderado.
Por ello, el problema analizado se puede sintetizar en la siguiente interrogante: ¿Cómo regular los impulsos humanos y proteger la integridad del ser en entornos de aprendizaje hiperconectados ante la pérdida de referentes sólidos y el control invisible del algoritmo? Este ensayo tiene como objetivo general: Analizar la transición de la ética tradicional hacia la Nética en el contexto de la modernidad líquida y la inteligencia artificial, con el fin de proponer dispositivos de mediación crítica y control socioeducativo que regulen los ímpetus humanos y protejan la integridad del ser en entornos de aprendizaje hiperconectados.
Para la consecución de este propósito, el ensayo se organiza a través de un recorrido reflexivo estructurado en cuatro momentos clave. En el primero, se contextualizan los cambios acelerados de la sociedad del rendimiento y la modernidad líquida, destacando la precarización identitaria y el papel del Narciso digital. En el segundo segmento, se realiza una aproximación conceptual que contrasta la superficialidad de la netiqueta frente al carácter profundo y ontológico de la Nética. En el tercer momento, se teoriza sobre la religación moral del sujeto virtual desde la mirada integradora de Morín, (2006a, 2006b). Finalmente, en el cuarto capítulo, se deducen y formulan las propuestas prácticas de mediación crítica como los laboratorios de dilemas virtuales y los observatorios de convivencia diseñados para el empoderamiento del ciudadano digital.
DESARROLLO
La presente reflexión hermeneútica de la ética y nética en tiempos de inteligencia artificial toma como referentes teóricos los trabajos de Bauman (2005, 2007, 2013), Han (2012), Yehya, (2001) Morín (s/f, 2006a, 2006b) para caracterizar la “sociedad del rendimiento” y la “modernidad líquida” que han derivado en elementos contemporáneos como el ghosting, el uso de algoritmos de recomendación, la cultura del influencer y el impacto de la Inteligencia Artificial en la construcción de la identidad. Se presenta un contraste dialéctico para establecer una comparación entre la “netiqueta” (protocolos superficiales de cortesía) y la “Nética” (responsabilidad moral profunda) bajo los principios de religación de Morín (s/f, 2006a, 2006b). A partir del análisis, se deducen mecanismos prácticos de prevención y educación que deben ser diseñados y puestos en práctica para preparar al individuo ante la incertidumbre y los riesgos de la red.
El cambio de paradigma: El siglo XX de certezas a la incertidumbre del siglo XXI.
Una de las características de este mundo que nos toca vivir es el cambio permanente. El tiempo es de incertidumbre y crisis, y continuamente el mensaje en los medios de comunicación se circunscribe a crisis económicas, crisis de valores, crisis de la familia, crisis en la calidad de vida, lo que denota una ruptura del orden social, que deriva en caos, desorden, conflictos. Pareciera que no sabemos hacia dónde vamos, y ese mundo de certezas, seguridades y valores absolutos de las generaciones anteriores, hoy es difícil de reconocerlo.
Morín (2011) lo refiere como un mundo de constante incertidumbre, caracterizado por las sociedades llamadas “desarrolladas”. En ellas se pueden ver la desintegración de las solidaridades tradicionales de la familia, del barrio, de las comunidades, de las personas, que no pueden ser reemplazadas por las ayudas burocráticas y las solidaridades que necesitan dinero para comprarse.
En la mentalidad de las personas se va eliminando la concepción del sentido cívico, para erigir un individualismo egocéntrico, en el que las agresividades individuales, el mercado, el provecho prevalecen por encima de otras cosas. De una u otra manera, el ser humano que se está formando es un ser egoísta, solitario, tecnológico, paranoico de la moda, del buen vestir, del buen tener y buen vivir. Agresivo ante cualquier situación, se va reciclando en todas estas actitudes una pobreza humana porque las cualidades humanas fundamentales están sumidas en una opresión.
Por un lado, se vive el síndrome de la aceleración. El propio ritmo de vida de las personas hace que todo debe hacerse rápido, y luego decanta al síndrome de la impaciencia. La obra de Han (2012) es representativa para mostrar el análisis del paso de una sociedad disciplinaria a la sociedad del rendimiento. De las clásicas teorías conductistas que construyeron un sujeto obediente al estímulo y la respuesta, que precisamente se adoctrinaba en la escuela, hoy convivimos y somos individuos de la sociedad del rendimiento. Todo el entramado social se diseña y adecua para perfilar un sujeto individualista, con posibilidades ilimitadas, que va al trabajo, al gimnasio, a la oficina, y se “alimenta y alimenta su mundo” de las redes sociales. La tesis de Han (2012) apunta a que la auto explotación es mucho más eficaz que la explotación ajena, porque viene disfrazada de libertad.
Bauman, (s. f.). acuña el término de Generación líquida para analizar la transformación de la identidad de las personas, sus relaciones y la nueva conformación de la estructura social que pasó de una visión sólida, inmutable a una sociedad líquida, que se diluye, que no tiene forma. Así, entonces se revela una característica emergente: la incapacidad de mantener una estructura constante en el tiempo. Los cambios que se suceden de manera vertiginosa obligan a los individuos a adaptarse constantemente a las situaciones. Hoy sucede algo, y cuando se cree que ya entra en un estado de solidez, debe mudarse a otro cambio. Es una sociedad volátil, que cambia de estado con una falta de permanencia o equilibrio en los vínculos y estructuras sociales, y esa inestabilidad determina el tipo de ser humano que se está formando.
Bauman (2005, 2013) sostiene que, en la modernidad líquida, las relaciones sociales se han vuelto extremadamente frágiles y difusas. El compromiso a largo plazo es visto como una carga que limita la libertad individual de movimiento. Al principio, aparecieron espacios virtuales para que la gente se conociera. Hoy es común ver como las “conexiones” de las personas en plataformas como LinkedIn o Instagram sustituyen a las relaciones profundas. Son normales los fenómenos del ghosting (desaparecer sin previo aviso), eliminar o bloquear a alguien de las redes, no responder un mensaje. Todo ello refleja la fragilidad del vínculo: “no me gustas”, “te bloqueo”, “no quiero hablar”, “te dejo en visto”.
¿Y qué decir del marketing a través del catálogo? Todo lo que el usuario necesita está allí para ser seleccionado a su antojo. Esta dinámica ha permeado las relaciones humanas, al punto de que las personas se han transformado en mercancías de un catálogo digital. En aplicaciones de citas como Tinder o Bumble, se prioriza la estética física y el encuentro efímero por encima de la construcción de un vínculo sólido, con el fin de evadir la “carga” emocional que conlleva el compromiso. ¿Qué ocurre con la propia identidad de las personas que se consolidaba como algo sólido a través del tiempo? Hoy el individuo debe estar listo para cambiar de identidad y de “piel” en cualquier momento para lograr adaptarse a las nuevas demandas del mercado y la sociedad. La identidad ya no es algo permanente, sino un proyecto que muta constantemente a las demandas externas. Mantener la tradición en la identidad es aburrido, se pierden “seguidores”, entonces entra en escena el cambio permanente, una especie de curaduría del perfil personal que debe renovarse constantemente en las redes sociales. Un usuario puede cambiar su narrativa, estética y opiniones según la tendencia del momento (rebranding personal) para mantenerse relevante y “empleable” ante el mercado digital. Una especie de reinvención profesional constante, un ser “camaleónico” que está obligado a cambiar de “piel” académica y laboral rápidamente asumiendo nuevas identidades técnicas para no quedar obsoleto.
Bauman (2005) explica que, en la modernidad sólida, el trabajo era el eje de la identidad y la integración social (ética del trabajo). Ahora, en este mundo líquido, el trabajo ya no es garantía de seguridad a largo plazo ni estabilidad identitaria. La flexibilidad laboral impone una vida de incertidumbre donde el individuo debe estar en constante cambio para no ser “desechado” por el sistema. También Han (2012) señala el vacío del aburrimiento y la tiranía de la novedad, hemos perdido la capacidad del “aburrimiento profundo”, que es el espacio de la creatividad. En su lugar, la sociedad de consumo nos exige un flujo ininterrumpido de estímulos donde lo que no es nuevo, simplemente no existe o se desecha rápidamente.
El cambio es la norma. Cambia tu ser, cambia donde estás, cambia tu forma de pensar, lo que ves, lo que vives, cambia lo que sientes, pero cambia. Así, la gente cambia, las cosas se desechan. La distancia entre las personas y las cosas es corta. Se abandona la ética del ahorro por una estética del consumo donde la satisfacción debe ser instantánea y lo viejo se desecha rápidamente. En una constante de aburrimiento, todo debe ser novedad. Y las redes sociales terminan haciendo su juego de adoctrinamiento, tal cual campana de Pavlov. Desde algunos estudios de condicionamiento clásico se afirmaba que la campana luego sustituida en los seres humanos con el timbre de la escuela o el timbre de la fábrica era el sonido de adoctrinamiento a la hora de entrada o salida de las labores escolares u horas laborables (Angulo y León, 2010). Hoy tenemos una variante: El “dale like” se ha erigido como el nuevo refuerzo positivo de nuestra era: es el reconocimiento inmediato de lo bueno, lo estético, lo accesible, lo excéntrico o lo gracioso, entre un sinfín de categorías coleccionables. Cada “me gusta” actúa como un premio inmediato que valida la identidad temporal del prosumidor o del creador de contenido, y así quedamos atrapados en un ciclo de consumo y de aprobación ajena.
En la opinión de Nomen (2025) en una era donde los clics, las reacciones y los likes parecen medir el valor de las personas, es fácil perderse en un torbellino de apariencias digitales. Para muchos adolescentes, el miedo a quedarse fuera se ha convertido en un motor central de sus interacciones sociales. La constante comparación, la necesidad de pertenecer y ser reconocido dentro de un grupo se amplifican en las redes sociales, donde cada interacción digital parece ser un juicio público sobre su valía.
El sistema de notificaciones (“suscríbete y activa la campanita”) funciona como un disparador fisiológico. Al igual que en el experimento de Pavlov, el sonido o la alerta digital genera una respuesta de ansiedad y expectación, adoctrinando al usuario para que regrese compulsivamente a la plataforma en busca de su dosis de novedad. La hora de la noticia, un nuevo video, un correo electrónico o una simple reacción digital se convierten en el estímulo que rompe la quietud y alimenta la estética del consumo.
Vivimos en el adoctrinamiento de Pavlov, sumidos en la Sociedad del Rendimiento de Han (2012). Este juego de las redes sociales convierte al individuo en un “sujeto de rendimiento” que se explora para generar contenido atractivo. El miedo a la invisibilidad, a no recibir el like, es el motor que nos obliga a mantenernos conectados, transformando nuestra libertad de elección en una esclavitud voluntaria y digital.
A principios de 2026, el diario La Vanguardia publicó un análisis profundo sobre la predicción de Andy Warhol de 1968 “En el futuro, todos serán famosos durante quince minutos” hoy, se manifiesta a través de la cultura del clic inmediato y la fragmentación de la atención (González, 2026). Esos 15 minutos de gloria de los medios que alguna vez señaló Warhol se han democratizado y fragmentado, convirtiéndose ahora en una búsqueda desesperada por la relevancia instantánea que se desvanece con el siguiente scroll. Warhol vaticinó para la fama, hoy la modernidad líquida de Bauman (2007) los ha reducido a segundos de atención en un video de contenido “efímero” de TikTok o una Story de Instagram, donde la novedad es el único valor de cambio.
La gratificación es inmediata y desaparece en 24 horas o con un simple deslizamiento del dedo (scroll), fomentando la necesidad de buscar constantemente “lo siguiente”. Por todos los sentidos entra el modelo de la “Moda Rápida” (Fast Fashion) o la obsolescencia programada de los teléfonos inteligentes. Ya no se busca que un objeto dure décadas; la identidad se construye a través de la adquisición de la última novedad, desechando lo anterior, aunque sea funcional. Estas dinámicas demuestran cómo la fluidez y la inestabilidad se han convertido en la norma, generando una sociedad que valora más la capacidad de desprenderse de las cosas y las personas que la virtud de conservarlas.
Si, definitivamente hay obligados y obligaciones que empujan. Esa estructura actual de la sociedad margina a quienes no pueden seguir el ritmo de la generación líquida y el consumo inmediato.
En la modernidad líquida, la integración se logra a través de la capacidad de elegir y consumir; el consumo no es solo una acción, sino una “estética” que define quiénes somos. En la vitrina del consumismo, el principal maniquí es el influencer. Todo su discurso y aparataje tienen un propósito claro; “Vender”.
Los liderazgos en el ecosistema digital.
Para comprender el alcance de la mediación crítica es necesario mapear cómo se configuran los liderazgos en el ecosistema digital. En este escenario, el influencer no actúa solo; es la cabeza de una red de colaboradores, comentadores y replicadores que amplifican su mensaje. Sin embargo, dependiendo de su marco ético, estas redes pueden convertirse en potentes motores de aprendizaje o en arquitecturas de la posverdad. Creo que se van construyendo diversas tipologías de influencers y sus redes de acuerdo con el impacto pedagógico y ético que generan:
1. El influencer de conocimiento. El mediador pedagógico
Es aquel que asume la responsabilidad de democratizar el saber. Su ética reside en la curaduría rigurosa y la honestidad intelectual. Van construyendo una red de colaboración en la que sus seguidores no solo consumen, sino que aportan datos, debaten con lógica y actúan como “validadores” de la información. Entonces hay algo atractivo, interesante que permite que ese scroll que hace la persona, se detenga por un momento para observar con mayor detenimiento, para conocer el mensaje, su obra y allí se rompe la superficialidad del algoritmo para invitar a la profundidad de lo que muestra ese influencer.
2. El influencer de desinformación. El constructor de burbujas
Al parecer este tipo de influencer es manipulador, en cierta manera hasta peligroso porque utiliza la rapidez de la comunicación instantánea para consolidar prejuicios. Y allí viene todos sus seguidores, comentadores que repiten consignas sin cuestionar. Estos seguidores funcionan como una cámara de eco que expulsa cualquier pensamiento disidente, empobreciendo el juicio crítico. Y cuidado y no terminan ofendiendo, entre otras actitudes antitéticas que muchas veces no son reguladas.
3. El influencer "Narciso”. El performance de la vanidad
Abunda el contenido de personas que están centradas en la exhibición constante de una vida idealizada, a menudo potenciada por estéticas artificiales e IA. Los programas hacen lo propio para poner filtros a su imagen y generar cambios hasta aspectos inimaginables. Y los seguidores, seguramente aspirando a ser, tener, vivir el mismo patrón que se muestra. Sus seguidores son observadores pasivos que alimentan la sobrecarga emocional al compararse con un estándar inalcanzable. Aquí, la mediación no es pedagógica, sino comercial o egocéntrica. Son los Narcisos de las redes que centran su atención en la “imagen bella” del agua digital.
El Narciso digital y la estética del algoritmo: Del cuerpo obsoleto a la identidad curada
La cultura del “Influencer” vende cultura de masas, vende Lifestyle. Exhibe y vende un estilo de vida basado en el consumo de marcas, viajes y experiencias estéticas. Ya la gente no se conforma con su color de ojos o tipo de cabello, el color de los dientes, las medidas del cuerpo, porque en la era de la identidad como tarea inconclusa, el cuerpo mismo se ha transformado en un lienzo que debe ser editado constantemente para encajar en la estética del consumo dominante. Lo que antes era un rasgo natural, hoy es percibido como una “versión” obsoleta que debe ser actualizada mediante cirugías, filtros o tratamientos, en una carrera infinita por alcanzar un ideal de perfección que las redes sociales nos dictan cada día.
Yehya, (2001) analiza el asunto del cuerpo como “obsoleto” y la insatisfacción biológica de quien lo posee. El autor plantea que, bajo la mirada de la tecnociencia y la cultura contemporánea, el cuerpo humano empieza a ser visto como una entidad limitada y defectuosa. Yehya (2001) explica que esto es solo el inicio de una transición hacia el cyborg. El cuerpo se convierte en un objeto de diseño que debe ser “corregido” y “mejorado” para no quedar rezagado frente a la evolución tecnológica. La identidad ya no reside en aceptar nuestra biología, sino en nuestra capacidad de alterarla. El cuerpo es una “tarea inconclusa” que solo se siente “completa” cuando se le añaden prótesis, cirugías o filtros digitales.
Un nuevo Narciso emerge en la sociedad del siglo XXI. Yo tomaría el punto de partida de aquella alegoría de Narciso que murió de observar su imagen bella en el agua, porque nos permite entender que lo que hoy llamamos “personalización” es, en realidad, una trampa de espejos. El contraste entre el Narciso clásico y el Narciso digital contemporáneo revela una transformación profunda en la tragedia del ser humano: Vivimos en la era del contenido On-demand. Ya no esperamos a que “den algo” a una hora fija; el algoritmo nos busca, nos conoce y nos ofrece emociones y reacciones a la carta.
Sin embargo, esta exposición constante genera una sobrecarga cognitiva y emocional que está transformando al ser humano de manera continua. En este escenario, la precisión con la que se lanzan mensajes para generar reacciones inmediatas nos obliga a detenernos y preguntar: en este océano de estímulos diseñados para atraparnos, ¿cuánto de lo que proyectamos es realmente nuestro y cuánto es una construcción del algoritmo? Son nuestras las propias grabaciones de alguien que canta, baila, cocina, es de un algoritmo, x, y, z. pero en qué momento entramos en la duda, en la contradicción y empezamos a usar el sentido de la lógica, del sentido para detectar si esa imagen o situación es real. Cuando alguien graba un vídeo cocinando, cantando o bailando, cree que está ejerciendo su libertad creativa. Sin embargo, en la era del contenido on-demand, el algoritmo actúa como un director de escena invisible.
El usuario no cocina lo que desea, sino lo que “se ve bien” en cámara; no baila por ritmo, sino siguiendo el challenge que es tendencia. Entonces, posiblemente estamos ante mundos artificiales que quieren mostrarse bellos, perfectos, para asumir la estética de la recompensa. Ese es el actor. ¿Y qué pasa con el espectador? pues ante tanta belleza y perfección aparece la duda y la lógica.
La duda surge cuando la perfección es excesiva. La lógica nos dice que la piel no es tan lisa, que el cielo no es tan azul o que una persona no puede estar siempre feliz. Cuando vemos una imagen generada o animada por IA, la lógica busca el error: un dedo de más, una sombra inconsistente, un parpadeo artificial. Aquí, el sentido común actúa como un perito forense digital, intentando distinguir el registro histórico de la simulación presente.
Cuando el “performance” digital choca con nuestra experiencia física del mundo (cansancio, imperfección, desorden), la lógica activa una señal de alerta: esto es una construcción, esto no es real, otros dicen: “Compruebe por usted mismo, no es real, es creado con IA”
Por supuesto, algunos comienzan a entender la saturación sensorial (el hartazgo de tanta vanidad o mentira), y también la sobrecarga cognitiva tiene un límite. Llega un momento de “ruido blanco” donde tantas emociones juntas (tristeza, risa, terror) se anulan entre sí. En ese vacío emocional, el ser humano se detiene y pregunta: ¿Por qué estoy viendo esto?, ¿cuánto tiempo estoy “pegado” en el Instagram? Un automatismo que deja pasar las horas de sueño, de alimentación, de compartir con la familia para estar cerca de las redes sociales, horas y horas. Hasta que la reacción a lo que ocurre es el despertar del sentido crítico frente al automatismo.
La tabla de salvación será el conocimiento de la presencia física, el retorno a lo analógico. La duda se resuelve cuando contrastamos la pantalla con la realidad tangible.
Por ello, el adiestramiento de las redes es una constante contradicción: ¿es real o no lo que estoy viendo? La única forma de recuperar lo que es “realmente nuestro” es mediante la pausa consciente. La lógica no es solo una capacidad intelectual, hoy es un acto de resistencia para no convertirnos en un simple dato dentro de un feed que, aunque parece hablar de nosotros, solo busca alimentarse a sí mismo.
El contraste es que Narciso moría por su propia imagen; nosotros corremos el riesgo de morir (intelectual y emocionalmente) por una imagen construida por un tercero para mantenernos cautivos. El ser humano digital no está paralizado; está en un estado de agitación constante (scroll, like, post). El algoritmo detecta qué parte de “nuestra imagen bella” genera más reacciones y nos devuelve más de eso.
La identidad se construye “eligiendo” productos que proyecten una imagen deseable. Y el público está ávido de nuevas experiencias todos los días. Jóvenes que devoran publicidad, marcas, conciertos, dispositivos, ropa de marcas específicas, todo funciona como una credencial de pertenencia. No se consume por necesidad técnica, sino por la “estética” de pertenecer a un estrato social exitoso. Ahora se vive de la apariencia. Y se valida a través de los likes en las redes sociales. Bajo esta lógica, el individuo ya no se “encuentra” a sí mismo, sino que se construye a través de una edición quirúrgica y digital. El incremento exponencial de clínicas estéticas y tratamientos dentales (el auge del “diseño de sonrisa” o la armonización facial) no responde a una búsqueda de salud, sino a la necesidad de estandarizar la belleza bajo los cánones del algoritmo.
En este ecosistema, la experiencia real es irrelevante si no es documentada. Si un concierto no se sube a una story, o un viaje no tiene su reels correspondiente, el evento carece de peso ontológico: “No existo donde estoy, sino donde me ven”. La validación externa a través del like se convierte en la nueva moneda de cambio emocional. El joven no devora publicidad por ingenuidad, sino por supervivencia social: necesita saber qué debe desear para seguir perteneciendo.
La hiperconectividad omnipresente se construye desde el metaverso.
Ahora bien, ¿cuáles son las características de este mundo que nos toca vivir? Ya no “entramos” a Facebook o Twitter; ahora habitamos en TikTok e Instagram. Reels, donde el algoritmo predice nuestro deseo antes de que lo sintamos. La “amistad virtual” ha mutado en la economía de los creadores, donde la intimidad se monetiza.
De los teléfonos inteligentes nos estamos mudando a la omnipresencia. Hoy emergen los wearables (relojes, anillos y lentes inteligentes) y la promesa del Metaverso, donde la vida ocurre en una realidad extendida que difumina lo físico y lo digital. Nisa Ávila (2022), indica que el metaverso es una realidad alternativa a la realidad natural que pretende ofrecer a un usuario/ciudadano la posibilidad de sustituir bajo demanda o por diferentes circunstancias la realidad natural por otra distinta. El metaverso puede ofrecer educación, investigación, trabajo, ocio, arte, religión, deporte, ciencia, economía. Mientras que López Casal, (2023) advierte que el Metaverso tendrá la capacidad de generar entornos inmersivos simulando la realidad natural, de forma que un usuario puede permanecer muchas horas conectado a ella, trabajando, estudiando, viajando, de ocio o cometiendo delitos contra otros usuarios.
A ello se suman las propias transformaciones de la corporalidad. Más allá de los implantes estéticos convencionales, hoy en día se habla de biohacking, chips subcutáneos para realizar pagos, edición genética para “diseñar” la descendencia y una creciente obsesión por la “longevidad radical” en un intento por vencer a la muerte. En cuanto a las nuevas identidades y vínculos, tenemos que el concepto de metrosexual ha quedado atrás frente a las identidades no binarias y la fluidez de género. Los noviazgos a distancia ahora incluyen el sexo mediante dispositivos hápticos (teledildónica) y relaciones con parejas de Inteligencia Artificial.
Emergen la cultura de la cancelación, la infodemia (exceso de desinformación), la eco-ansiedad (miedo al colapso climático), el criptoconsumo (NFTs, Bitcoin) y la uberización del trabajo, que genera nuevas formas de precariedad. La competitividad ya no es solo por tener el mejor carro, sino por tener el mejor perfil digital. Las “compras compulsivas” se han vuelto compras en un clic (unboxing culture). Los mecanismos para morir ahora incluyen el debate sobre la eutanasia legal en más países, y los mecanismos para concebir incluyen el alquiler de vientres y la selección embrionaria.
A pesar de este torbellino de elementos nuevos (desde la IA hasta la clonación), la conclusión que emerge es de una sencillez profunda: El mundo es y será mundo mientras nos toque vivir en él.
Encontraremos siempre las complejidades de la sociedad globalizada en un catálogo infinito (venta de objetos, de cuerpos, de órganos, de emociones, entre otras tantas cosas ocultas por la deep web). Sin embargo, todos estos elementos (los viejos y los nuevos) son solo el escenario. Lo que subyace es la esencia inmutable de nuestra especie: Todas son consecuencia de lo humano. Porque, al final del día, detrás de un implante, de un algoritmo de rastreo o de un noviazgo virtual, siguen latiendo las mismas verdades: el dolor, el amor, la pasión, la injusticia y la búsqueda de la verdad.
Aunque el lenguaje cambie de la carta al WhatsApp, y la estética cambie del maquillaje al filtro de IA, el ser humano sigue lidiando con la vergüenza, el remordimiento, el deseo de felicidad y el terror a la soledad. La tecnología solo ha amplificado nuestra capacidad de expresar nuestra bondad y sabiduría, pero también nuestra autodestrucción y vicios.
La panóptica digital acude a Big Data, biometría y los artificios de control en la era de la post-privacidad.
¿Qué ocurriría si ante tanta complejidad, decadencia, perversión, morbo, corrupción, exceso la sociedad no toma control? Los relatos muestran como a través de la historia siempre ha existido depravación, desenfreno, excesos. Sin embargo, ante la explosión de nuevas libertades, vicios, maldades, y perversiones cada vez más violentos, la sociedad en la que vivimos es una de las que mayor controla y con mayor detalle.
A medida que avanza la tecnología, se perfeccionan los artificios para regular la complejidad social. A los dispositivos tradicionales que se señala, debemos sumar los nuevos mecanismos de control digital y biológico: La vigilancia algorítmica y Big Data son los grandes detectives globales. Las bases de datos masivas analizan nuestro comportamiento para predecir (y controlar) decisiones de consumo, políticas y sociales. Se perfecciona la Biometría de Segunda Generación para ir más allá de las huellas dactilares. Hoy el control se ejerce mediante el reconocimiento facial, el escaneo de iris y el análisis de la marcha en las ciudades inteligentes.
Aquel prosumidor ingenuo no detecta que cada scroll es la marca que va dejando en la web. Los algoritmos de las redes sociales funcionan como dispositivos de control que deciden qué vemos y qué pensamos, filtrando la realidad para evitar el “desafuero” informativo o, en su defecto, para polarizarlo. Se crean y perfeccionan dispositivos de rastreo iinvisible como los chips subcutáneos, el rastreo por GPS en tiempo real de los teléfonos y la trazabilidad de las transacciones bancarias para eliminar el concepto de privacidad en favor de una seguridad vigilada.
Todos estos artificios son, en última instancia, consecuencia de nuestra propia naturaleza. La sociedad crea el chip, la cámara y la Nética porque reconoce en el ser humano tanto la capacidad de bondad y sabiduría como la tendencia al exceso y la falsedad. Estos mecanismos serán mejorados y ampliados, pues la libertad humana, en su complejidad, siempre encontrará nuevas formas de manifestarse, y el sistema social nuevas formas de intentar regularla para evitar su autodestrucción.
La Nética como dispositivo de control y aautoregulación
Todo lo anteriormente señalado, muestra que el tránsito constante entre lo real y lo virtual ha transformado nuestro comportamiento. Al igual que la bioética surgió para proteger la vida y el entorno, hoy emerge la necesidad de una normatividad digital que garantice el respeto y la armonía en el ciberespacio. No se puede ocultar que también hay una explosión de libertades y perversiones en el ciberespacio, y ello obliga a la sociedad a evolucionar de la simple “netiqueta” (normas de cortesía) hacia la Nética. Esta se define como la ética aplicada al entorno digital, un mecanismo de control que busca regular el ímpetu humano en un territorio donde el anonimato suele potenciar la violencia, el acoso y el engaño.
La Nética en la opinión de Landaverde Trejo (s/f) es el término compuesto (Net + Ética) que surge porque el ser humano es constitutivamente ético, sin importar si interactúa en espacios físicos o virtuales. Implica la responsabilidad de actuar bajo los principios de religación propuestos por Morín (2006a, 2006 b). Mientras la “netiqueta” se refiere a protocolos de cortesía y modales en la red, la Nética profundiza en la responsabilidad moral y la protección del otro.
Realmente los riesgos de la hiperconectividad son numerosos. Abundan peligros como la dominación psicológica, el mal uso de datos personales, la extorsión, el bullying y la difamación. Esta problemática social va en aumento, por ello es imperativo diseñar dispositivos técnicos y educativos que preparen a las personas para enfrentar los abusos en la red. La educación en lugar de formar a las personas para un mundo predecible debe ahora preparar a los individuos para vivir en la incertidumbre permanente. Bauman (2007) refiere que uno de los retos de la educación en la modernidad líquida es que el individuo requiere estar en constante “reaprendizaje” para no quedar excluido de la sociedad. El autor propone que la educación debe recuperar su función de formar ciudadanos capaces de actuar en un espacio público, promoviendo la autonomía y la capacidad crítica frente a las presiones del consumo.
Ante la dominación psicológica y el acoso, es imperativo que las instituciones educativas en cualquiera de sus niveles diseñen y pongan en práctica mecanismos de protección colectiva, liderados por los propios pares (estudiantes o investigadores) que identifiquen conductas violentas o difamatorias, para actuar como mediadores bajo un código nético compartido. De igual manera, herramientas, talleres, canales de difusión para enseñar a gestionar el estrés informativo, el reconocimiento de algoritmos de manipulación y la protección de datos personales, guías prácticas creadas por la institución que instruyan sobre cómo reaccionar ante la extorsión o el acoso, transformando a la víctima pasiva en un ciudadano digital empoderado que sabe activar las rutas de justicia y apoyo psicológico.
La educación ética hoy debe ser omnipresente, siendo válida tanto para la vida fuera de línea como para la navegación digital, protegiendo la integridad humana ante las sofisticadas formas de intercomunicación actual.
CONCLUSIONES
Se concluye que el ser humano es constitutivamente ético, por lo que su responsabilidad moral no desaparece en la virtualidad. La transición de la “netiqueta” a la Nética es una evolución necesaria para abordar la responsabilidad moral profunda y la protección del otro, superando los simples protocolos de cortesía ante las perversiones del ciberespacio.
Bajo los principios de Morín (2006a, 2006 b, 2011) se establece que la salvación del sujeto en la era del algoritmo reside en la religación. El individuo debe reconocerse vinculado a sí mismo, a la sociedad y a la especie, utilizando la lógica y el sentido crítico como actos de resistencia contra la construcción de identidades artificiales dictadas por el mercado digital.
Ante los riesgos de la hiperconectividad (bullying, difamación, extorsión), la sociedad ha perfeccionado mecanismos de control técnico (biometría, vigilancia algorítmica). Sin embargo, la conclusión fundamental es que estos deben ser complementados con una autorregulación nética, donde el sujeto sea capaz de gestionar su conducta de manera autónoma.
No es sólo la sociedad quien debe proteger, también como institución social, la escuela, el liceo, la universidad están en la necesidad de apoyar con nuevas métodos o mecanismos de mediación crítica como los laboratorios de dilemas virtuales y los observatorios de convivencia, nuevas herramientas esenciales para transformar a la “víctima pasiva” en un ciudadano digital empoderado. La educación debe formar individuos capaces de vivir en la incertidumbre permanente y de activar rutas de justicia ante los abusos en la red.
A pesar de las transformaciones tecnológicas y la emergencia del “cyborg” o el metaverso, se concluye que lo humano permanece inmutable. Detrás de cualquier dispositivo de rastreo o realidad virtual, siguen operando verdades universales como el dolor, el amor, la búsqueda de la verdad y el deseo de felicidad.
Como mecanismo de protección de la integridad, se concluye que el retorno a lo analógico y la pausa consciente (Han, 2012). son indispensables para recuperar lo que es genuinamente nuestro, evitando que el ser humano quede reducido a un simple dato alimentado por el feed algorítmico.
Conflicto de interés
Los autores no tienen conflictos de interés
Financiación
Este proyecto no contó con ninguna fuente de financiación
Responsabilidades Éticas
El proyecto fue aprobado por el comité de ética de la institución.
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